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Crónica de una mujer en el Metro de la Ciudad de México

by • 13 junio, 2019 • En Ideas, ExprésateComments (0)303

Tacones sensuales, falda a medio muslo, maquillaje pesado, playera escotada y mucha actitud. Bajas por las escaleras eléctricas del metro atascadas de personas sumergidas en su cotidianidad y comienzas a sentir miradas que te pesan en la espalda; mas bien, en tus aposentos.

Escaleras Metro

Diversos olores a garnacha, perfume y sudor comienzan a invadir tu nariz sin pedirte permiso. Son las siete y media de la tarde y la estación del metro Tacubaya está llena como de costumbre; cientos de personas se desplazan asimilando a pequeñas hormigas apresuradas para llegar a sus casas, trabajos o encuentros sociales.

Cada dos minutos, te tienes que bajar la falda porque se comienza a deslizar hacia arriba y no quieres enseñar los calzones. Durante el trayecto hacia la plataforma correcta, comienzas a percatarte de que atrás, se encuentran dos jóvenes que te queman las piernas y el escote con la mirada.

Metro Mujer

Alcanzas a oír el famoso -“ay chiquita”- en un tono no muy bajo, y hace que se te erice todo tu destapado cuerpo. Sigues caminando, y a pesar del ruido de la cotidianidad alcanzas a escuchar dos o tres “fiu, fiu” que te incomodan un poco y te bajas la falda un poco más.

Ya una vez instalada en el área de espera para el vagón de mujeres, sientes dos o tres miradas modestas a las cuales no les das mucha importancia. El metro comienza a acercarse, y con este también las personas para entrar bruscamente al vagón sin dejar salir a los que llegan. Como si no les fuera a dar tiempo a todos de entrar.

MetroMéxico

Una vez adentro, tu parcial comodidad desaparece por completo. Una ola de calor humano sucumbe tu cuerpo, haciendo que pequeñas gotas de sudor se deslicen tímidamente por tus piernas y tu cara; haciendo que te arrepientas de ese pesado pero super sensual maquillaje.

No hay lugar para acomodar tu mano en ninguna parte y optas por confiar en la fuerza de tus piernas, abriéndolas un poco para plantarte bien en el suelo. La falda se te sube un poco mas; te das cuenta de que entre tú y un señor de traje chafa con las axilas manchadas de amarillo, ya no hay mas de diez centímetros de distancia.

De pronto sientes como se acerca a la parte de atrás de tu cuello, un asqueroso y caliente aliento y te das cuenta de que un señor que estaba sentado se encuentra ahora parado detrás de ti y que, desafortunadamente, mide por lo menos diez centímetros más que tu. Por esto mismo, puede asomarse sobre tu cabeza para ver hacia abajo y deleitarse con escote destapado.

En cada parada, con cada frenón, sientes como el hombre alto presiona su pelvis contra la tuya o cualquier otra parte que pueda tocar de tu cuerpo. Incómoda, paras el codo como te han enseñado y contemplas la idea de moverte; pero no puedes.

Hay tantas personas, una pegada a la otra que la idea de cambiarse de lugar se vuelve algo impensable y optas por quedarte en el mismo lugar pero con la esperanza de que el señor alto, que ahora está más embarrado a ti, entienda la indirecta o mas bien, sienta tu codo y se separe. Pero lo sientes todavía mas pegado.

La incomodidad aumenta cuando te das cuenta de que a tu lado derecho hay un viejito viéndote de frente y que, a pesar de aparentar inocencia, decide acomodar su arrugada y probablemente sucia mano lo mas cerca de tu muslo que pueda. Tanto, que cada vez que hay una curva, logra aposentarse completita en tu pierna.

Poco a poco el sudor almacenado en tu cabeza comienza a caer lentamente atrás de tu oreja derecha. Ahora, tienes tantas personas a tu al rededor, y al viejito, y al señor alto que te sigue viendo, que ni siquiera tienes que abrir las piernas para encontrar equilibrio; pues ellos te detienen.

Decides no dejar de poner fuerza, pues al tener a dos personas sobando y frotando su cuerpo contra el tuyo es mejor tener el cuerpo tenso. No vaya a ser que piensen que te está gustando. Te frustras e intentas moverte hacia la izquierda y acercarte un poco mas a la puerta, pues ya casi es la parada.

A pesar de que preguntas si van a salir, para que te den un poco de espacio para el momento de la bajada, nadie parece escucharte más que el señor alto de atrás quien a estas alturas usa de excusa que también va a salir para frotarse mas intensamente con tu parte trasera. Tu, te pegas desesperadamente un poquito más a la señora de enfrente para poderte separar.

Te emocionas con la idea de que pronto se terminará la desagradable y calurosa tortura en la que te encuentras. El metro se detiene bruscamente y te encuentras con un mar de caras que pretenden entrar antes de que se cierren las puertas.

Por fin, te logras separar del señor alto que probablemente quedó muy satisfecho consigo mismo y rápidamente te alejas del vagón para subir por las escaleras. Poco a poco empiezas a sentir el aire fresco de la calle y te desplazas por un enorme pasillo lleno de puestos de dulces, revistas, audífonos, cargadores, agujetas, chicles, cigarros.

Antes de subir las ultimas escaleras para la salida, alcanzas a escuchar como un joven vendedor te dice entre dientes “adiós güerita” mientras sus ojos te quitan tu muy corta e incomoda falda. Decides ignorarlo y te apresuras para subir las escaleras y acabar con esa experiencia; que seguramente tendrás que volver a experimentar muchas veces más.

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